Wednesday, July 29, 2020

El paralelo estructural de Frederic Douglas y Martín Morúa Delado


Una característica importante en este proceso es el carácter crítico con que los negros se acercan a la religión en Norteamérica; generalmente de adultos, después de cerrarse a círculos bíblica, atraídos por la posibilidad de aprender a leer; en otros casos, incluso este atractivo es sólo un valor añadido, y lo que los atrae es la retórica de un predicador acerca de la libertad. En todos los casos, los negros no son bautizados siguiendo una convención social, sino que son neoconversos; lo cual comporta una experiencia muy específica, por el tipo de exaltación espiritual que brinda y sus respectivos alcances existenciales.

El caso de Frederick Douglas ilustra lo que parece ser una experiencia común, a la que sólo añade su propia excepcionalidad; atraído específicamente por la prédica de…. sobre la libertad, que le lleva a cuestionar la pureza de la fe de los blancos. Esto es curioso, porque se trata de un claro caso de apropiación, que funciona incluso con la misma dinámica del surgimiento del Islán; sólo que más radical porque se vuelve sobre la religión misma, con su renovación antes que en su simple expansión.

En aquel caso, se trata del catecumenado incompleto de Mahoma, que por ello no accedió nunca a Los misterios sacramentales; por lo que Mahoma se limita a la interpretación de la prédica en el ámbito tradicional de la Meca, con la expansión de la fe. No obstante, esa peculiaridad carece del problema de estratificación que enfrenta el cristianismo en los Estados Unidos; donde además se expande como una doctrina convencional, en la que de hecho se fundan la sociedad y el orden político.

En esa situación tan peculiar, la experiencia de conversión de los negros es radical porque los reconoce a ellos mismos en el valor sacrificial del Cristo, la experiencia buscada por los mártires y que se diluye en la teatralidad se sus gestos. Los beduinos enfrentan las abstracciones morales de Mahoma, y los mártires sienten un anhelo existencial de trascendencia; los negros en cambio tienen su propia experiencia, que es existencialmente inmediata, no abstracta ni moral.

En el caso ejemplar de Frederic Douglas, el elemento capital puede ser su propia madurez al momento de la conversión; pues a los treinta años debe contrastar lo que se le predica con la realidad que vive, a diferencia del que nace dentro de su experiencia de fe. Es por eso que incluso en una institución tan convencional como el cristianismo católico, se espera a una edad de confirmación posterior al bautizo; que subraya esta preocupación de la pureza de la fe, aunque no consiga garantizarla, por el condicionamiento progresivo de la tradición.

Es en esta peculiaridad que reside entonces la capacidad existencialmente renovadora del cristianismo negro norteamericano; como ese estado de máxima madurez reflexiva de la humanidad, hasta entonces sólo intuido como la grave dificultad del pensamiento moderno. De ahí el equívoco marxista, al reducir el conflicto al valor moral de la ideología, por su propio ascendiente en el idealismo; que surgiendo en la forma de determinismo, incluso si materialista, no deja nunca esa naturaleza abstracta de su matriz idealista.

El fenómeno es interesante, al reflejar la consumación del movimiento iniciado por al establecimiento del cristianismo; con el establecimiento del cristianismo como ideología, en su condición de doctrina religiosa oficial, con el cierre de la patrística en San Agustín. De ahí la precariedad política de figuras como esta de Douglas, no importa el genio excepcional con que consigan imponerse en su curso histórico; porque precisamente van a contradecir con su propia experiencia, todas las convenciones con que la estructura pretende conservarse en su convencionalidad.

Como el caso de Douglas, en Cuba está el caso de Martín Morúa Delgado, aunque sólo como un indicador; ya que el problema estadounidense se determina en la radicalidad de su determinación primera, en las prácticas segregacionistas. Tanto Douglas como Morúa van a ser fuertemente criticados, por su contraste con el determinismo histórico al que se oponen; poniendo en duda con su sola existencia el mito fundacional sobre el que se organiza la realidad política, como esa determinación histórica.

Frente a ambos, el determinismo histórico blande la figura mítica de Louverture, el héroe de la revolución haitiana; que siendo la primera del hemisferio, como la de Akenatón y la francesa va a marcar el desarrollo de toda otra. En este caso, el mito funde en su función fundacional toda la ambigüedad de su coyuntura histórica; posponiendo en su idealización los problemas concretos, que como una dificultad recurrente va a frustrar siempre la realización de la utopía.

Serán las prácticas esclavistas y hasta imperiales de ese Haití revolucionario, o la impopularidad real del independentismo cubano; o incluso la ambigüedad de la guerra de secesión norteamericana, cuya naturaleza abolicionista fue sólo coyuntural. Siempre va a haber tras de los mitos los mil puntales carcomidos que los sostienen, y que no tendrían que ser problemáticos dada la naturaleza humana de que surgen; pero por la que precisamente perderían esta capacidad de determinación histórica, cargando en la espalda del hombre el peso de su individualidad, que no es moral sino existencial.

Wednesday, July 8, 2020

El drama del tío Tom


Si bien los actuales activistas basan su discurso en las experiencias y los escritos de los hombres pasados, eso son sus discursos; sus seguidores han pecado sin embargo de contentarse con esos discursos, y no ir ellos mismos a los hechos que interpretan esos discursos. Es cierto que así se ha transmitido siempre la historia, pero no es menos cierto que por lo mismo ha sido siempre susceptible de corrección; lo que no es posible cuando ese discurso se postula como un dogma, cuyas raíces no se pueden visitar so pena de caer en la herejía.

Ese es el peligro de deslegitimación, que sufren todas las causas nobles exponiéndose a la corrupción del poder; que es lo que pretenden siempre, siquiera como vía aún legítima para la realización de sus reclamos, también todavía legítimos. Ese es el caso con la literatura representativa de una época álgida, que despierta incluso la legitimidad de su causa; como ese de La cabaña del tío Tom, una novela escrita por una mujer blanca, que apresuró en mucho los sentimientos antiesclavistas de la época.

La novela es un clásico, denostado por los negros de hoy por domesticar la imagen del negro, subsumido al poder de los blancos; pero en lo que resulta en un análisis absurdo, que desconoce la naturaleza misma de su historia. En definitiva la novela está escrita desde el poder, y aún así alcanza a destacar la singularidad de una personalidad digna; algo que probablemente deba a la sensibilidad femenina de la escritora, subsumida ella misma a la estructura patriarcal de su sociedad.

Es decir, la novela tendría además el valor de una sensibilidad interseccional, desde la que comprende a la realidad; algo sin dudas novedoso para su época, mostrando la porosidad de su propia cultura, justo en sus puntos más vulnerables. No reconocer eso es caer en el dogmatismo, que se reconoce en los de esa doctrina seudo religiosa que es el marxismo; pero que por lo mismo no tiene un carácter liberador sino de utilitarismo político, subsumiendo a su propio caucasidad el problema de la raza negra.

Eso no tendría que ser un problema, siendo la política una plaza en la que confluyen los discursos como guerreros; pero lo es, porque esos guerreros no son los ambiciosos generales, que ladinos se esconden tras los discursos. Ese es el problema, que estos activistas no han tenido otras lecturas de ese libro que las que les han provisto, en manuales que emulan los tratadillos evangélicos; e ignoran los libros originales en que se legitiman esos tratadillos, que permanecen así como secretos que emanan su legitimidad pero no su substancia.

El drama no es sólo de esa novela, sino incluso de la profusa literatura negra producida por negros norteamericanos; que si carecen de ese espíritu combativo que exigen los nuevos apóstoles, no son entonces suficientemente buenos para explicar la realidad. No importa siquiera si son más objetivos, porque no se escribieron para satisfacer las necesidades épicas de un discurso; o sí importa, porque es precisamente de eso de lo que se trata y no tanto en verdad de la causa en sí misma ni su legitimidad.

Cuando se estudia, resalta entonces la gran manipulación que llega a denostar figuras enormes como Frederick Douglass; porque consciente de la realidad de la que participaba, llamaba a establecer relaciones de justicia pero con la integración definitiva del negro. Ese es el problema, que a nadie le interesa la justicia sino la imposición del dogma marxista, usando el problema negro como fuente de inestabilidad; lo que ya debería despertar la suspicacia de los líderes negros como última esperanza de su pueblo, sobre todo los religiosos.

Monday, July 6, 2020

Discurso de Ignatius


No hace mucho, un negro cubano que participa de la cultura oficial me descalificó como “falta ‘e guara", por criticón; más recientemente, otro me recomendó quitarme el demonio ese de la descalificación sin sentido. En ninguno de los casos se trataba de una referencia personal, como la que hubo de respuesta; eran solamente críticas directas a los puntos en cuestión,  que de paso fueron esquivadas con la descalificación.

No es extraño, se trata de la poca cultura crítica que se puede reconocer en la mayoría de nuestras comunidades; lo malo es cuando se trata de asuntos álgidos, en élites supuestamente especializadas como las intelectuales. El tono es en todo caso defensivo, demostrando la debilidad intrínseca de la descalificación; que sólo tiene ese recurso ante la hipocresía evidente de sus postulados, así desenmascarados. Es sin embargo triste, pues muestra la pobreza de recursos políticos de dicha élite, condenada al elogio de sí misma; y tan expuesta en esta debilidad, que no puede hacer nada por sí misma, mas que recoger los besos que se tira ante el espejo.

El problema incluso goza de cierta universalidad, replicado con la misma torpeza en el exilio; que no sufre esas presiones lógicas de la oficialidad, y sin embargo responde con las mismas dobleces. Más aún, es la misma marca al hierro de las contradicciones raciales que denuncian ambos, oficialistas y exiliados; demostrando que el problema es entonces humano antes que racial, para debilitarlos más aún en sus argumentos.

Debe ser por eso que resulte entonces tan odioso a unos como a otros, más todavía que a los primeros; que seguros en la envidia con que tratan a aquellos, pueden darse el lujo de sencillamente ignorarlo todo. Se trata obviamente de una conjura de necios, empeñados en no estudiar matemáticas ni teología; cuya comprensión resolvería todos los problemas del mundo, al revelar la inutilidad de nuestras pretensiones.


Bleaching


El pecado más grande de los negros cubanos es el de la traición constante a sí mismos, que es terrible; es como el Ser que se niega a sí, en el proceso de blanqueamiento más bestial,  porque es ontológico. No se trata del uso de polvos de arroz en el rostro, sino de ese vicio que perdió al hombre blanco en su sensación de triunfo; y que aspiramos a reproducir, siguiendo los pasos apresurados de su tradición, negándonos a la pureza en que podríamos salvarlos a ellos incluso.

Nosotros podemos negar en nuestra excepcionalidad esos valores falsos, que los perdieron a ellos con la vanidad; es sólo un ejemplo, pero alcanza a explicar la serie de concesiones con que accedemos al sitio que nos tienen predestinados. Así exhibimos orgullosos nuestros vestidos africanos, no importa si hechos en China, porque el problema es sólo de identidad; no nos damos cuenta o no queremos darnos cuenta, de que asociada a la forma, la identidad es también un atributo superficial, y en ello reductivo.

Los negros cubanos son un caso especial de cubanos, por su mayor precariedad, que los hace ser especialmente cuidadosos; pero en vez de repercutir en una comprensión más acuciosa de sus propios problemas sólo los hace más ambiguos y resbaladizos ante los mismos. Tienen razón, el trauma de 1912 fue claro y definitivo en sus enseñanzas, pero con el riesgo rehúyen también el destino; por eso se limitan a protestar su depauperación, pero no la causa de que no puedan corregir ese problema en su raíz.

Así mirado, son un caso más patético que el de los negros norteamericanos que tratan de emular, porque son menos sinceros; se distinguen en esa prostitución profunda, que los lleva a identificar sus causas con los fondos de las universidades que los pueden becar. Unos y otros buscan sus respuestas en el blanqueamiento que ofrecen los mercados, con sus diversos productos para afectar el color de la piel con el del éxito; pero unos son más auténticos que otros en esta búsqueda, porque lo hacen con recursos propios.

La depauperación es una fatalidad con que la raza inicia su periplo occidental, y esta es la estructura que enfrenta; pero ganará el que aporte la substancia, reclamando su espacio desde la misma, no con la retórica. Es por eso que los negros norteamericanos llevan ventaja, porque los cubanos sólo se le han puesto a la zaga; puede que por su mayor precariedad política, pero desechando en ello su propia posibilidad existencial.

En definitiva, esa poca ventaja de los norteamericanos se pierde por el mismo efecto de la retórica; cuando subordinan su causa a las promesas de un liberalismo tan ladino que sabe ocultar su propio albor entre los esplendores del sol. Unos y otros sólo conseguirán ser auténticos, en la medida en que deriven un discurso propio, no sujeto a la misma hermenéutica que los sujetó; y que no nació con Occidente, sino con su esplendor más tardío en la modernidad, con los discursos que redujeron toda posibilidad a lo ideológico.

Por eso, unos y otros están igualmente descarriados, pero unos más que otros, por seguir a estos otros en ese despeñadero; y de entre ellos, peor aún los negros del exilio cubano, que pudiendo mediar entre todos, prefieren tampoco hacerlo. Está claro que tras tanta ineficiencia sólo medra la mediocridad postmoderna, que negándose al pensamiento sobre la trascendencia de la realidad se fija en el éxito personal; esa nimiedad con que la decadencia moderna esconde su propio fracaso, insistiendo en remedios de vicaria para la catarata creciente con que se anuncia el nuevo esplendor humano.

Así, con la bota sobre sus propios negros, Cuba azuza a los de Norteamérica contra el gobierno norteamericano; y los cubanos se dejan usar para el juego, en vez de revelar las cartas —es sólo un juego de naipes—, diciendo a sus hermanos que sólo están cambiando de hacienda, no huyendo del sistema que los humilla. A su vez, los negros cubanos del exilio, pudiendo mediar entre todos, se invisibilizan con las mismas premuras que los de su país; sólo que sin necesidad, pues por algo viven en el exilio, aunque todavía marcados para la reticencia —como con hierro candente— en la obnubilación por el éxito.

Tuesday, June 30, 2020

Praise for the black men of earlier


The experience of translating The souls of the Black folk is unique what it holds; a contrasting reality, between bitterness and joy, between hope and unreason, a strange experience. Above all, the pitiful smallness of the men of these times, who cannot live up to their events; like those men of earlier, in front of whom the landscape was rugged and rough yet beautiful and extended, ready for the smart craft.

Along with that disappointment, the wonder of those titans, who not only worked on their own illustration and recorded those times; but were also able to do so generously, distancing themselves enough in order to approach their work zealously and with responsibility. A black man of the early twentieth century cannot have had an easy life in the United States, even having money; and yet, W.E.B. Du Bois had the generosity to arrange his time to reckon and explain what he could, because that made sense.

There again comes heartbreak, because if these men were able to do that, the inability of today's men is voluntary; the stubbornness with which we push agendas, futilely dwarfing tremendous causes, is sad. Black men who from that reality of them made clear the reasons for the war, which were not those of emancipation; and that is why they can still explain such a complex process, with each one of its ungraspable and countless details.

Astonishing the generosity, with which he recognizes the limitations of those who undertook that task of emancipation; that thus is not a simple proclamation, but a gigantic operation, full of offices, officials— each one with its peculiar character, budgets, and a powerful will. Not only the political candidness of the liberated black, but also the goodwill of those who became operators of that moving machinery; and also the reluctant, the recalcitrant who did everything they could to hinder the operation, and the weakness of those who did not know how to take advantage of it.

All without an epithet, without a condemnation of the other, without an enemy —only people who do not understand— in sight; which is what causes this unreason at the poverty of our time, blaming ones to other. Because these men who wrote the story, we knows that all the problems now have a solution, it’s just that we don’t wants to solve them; because for that we must be generous, and discover the enthusiasm of personal fulfillment in those small tasks that only bear fruit afterwards.

Elogio de los negros de antes


La experiencia de traducir Las almas del hombre negro es singular, sobre todo por lo que depara; una realidad contrastante, entre la amargura y la alegría, entre la esperanza y la desazón, una experiencia extraña. Por sobre todas las cosas, la lamentable pequeñez de los hombres de estos tiempos, que no pueden vivir a la altura de sus acontecimientos; como aquellos hombres de antes, ante los que el paisaje era escabroso y rudo y sin embargo hermoso y extendido, listo para la fábrica inteligente.

Junto a esa decepción, la maravilla de aquellos titanes, que no sólo trabajaron en su propia ilustración y registraron esos tiempos; sino que además pudieron hacerlo con generosidad, distanciándose lo suficiente para poder acometer sus empresas con celo y responsablemente. Un hombre negro de principios del siglo XX no puede haber tenido una vida fácil en los Estados Unidos, ni siquiera teniendo dinero; y aun así, W. E. B. Du Bois tuvo la generosidad para disponer su tiempo a contar y explicar lo que podía, porque eso tenía un sentido.

Ahí vuelve la desazón, pues si esos hombres pudieron hacer eso, la incapacidad de los de hoy es voluntaria; la obstinación con que empujamos agendas particulares, empequeñeciendo inútilmente causas tremendas, es triste. Hombres que desde la realidad del hombre negro dejaron claro los motivos de la guerra, que no fueron los de la emancipación; y que por eso todavía pueden explicar tan complejo proceso, con todos y cada uno de sus inasibles e incontables detalles.

Especialmente asombroso, la generosidad con que reconoce las limitaciones de los que acometieron aquella tarea de la emancipación; que así no es una simple proclama, sino una operación gigantesca, llena de oficinas, funcionarios —cada uno con su carácter peculiar—, presupuestos, y una poderosa voluntad. No sólo la candidez política del negro liberado, sino también la buena voluntad de los que se hicieron operarios de aquella maquinaria en marcha; y también los renuentes, los recalcitrantes que hicieron todo lo posible para entorpecer la operación, y la debilidad de los que no sabían aprovecharla.

Todo sin un epíteto, sin una condenación del otro, sin un enemigo —sólo gente que no comprende— a la vista; que es lo que provoca esta desazón ante la pobreza de los de nuestro tiempo, que viven peloteándose culpas a un lado y otro del mundo como una cancha. Por estos hombres que escribieron la historia, uno sabe que todos los problemas del mundo tienen solución con sólo que se los quiera resolver; para lo que sin embargo hay que ser generoso, y descubrir el entusiasmo de la realización personal en esas tareas pequeñas que sólo dan fruto después.

Thursday, June 25, 2020

Para leer a Cornel West IV


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West basa su filosofía en el pragmatismo norteamericano, con alusiones directas a su fundador, Charles Sanders Pierce; una tradición novísima (s. XIX), de eficacia oscurecida por el alud del pensamiento europeo, extendido a las Américas. Tiene sentido, pues dicha tradición surge como propia de la burguesía emergente en que se solidifica la cultura norteamericana; a través de unas élites especializadas, que en su novedad no pueden sobreponerse al fuerte institucionalismo de la tradición europea.

De hecho, esa institucionalidad tradicional es la que se expande a las Américas, donde se reproduce a sí misma; en una fatalidad también dialéctica —es un fenómeno histórico—, dada por su propia subordinación al determinismo económico de la historia. Sólo una experiencia de extrema segregación política puede romper esa fatalidad, e introducir una fuerza de renovación; creando con su ruptura un nuevo desarrollo, pues después de todo la realidad no acepta el vacío ni la discontinuidad.

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Aún haría falta que esa masa segregada se apropie de esa capacidad reflexiva anterior, imponiéndole un sentido existencial propio; que es la función que cumple Cornel West, como máxima madurez de ese estamento, que puede operar así así esta transferencia de sentido. Por supuesto, puede ser cualquier persona que participe de ese nivel de especialización, en tanto parte de ese segmento socialmente segregado; sólo que como dificultad recurrente, que se habría podido observar en el mismo West[1], ellos mismos están sujetos por el determinismo económico de su respectiva institucionalidad.

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Esa es la providencia de la condición excepcional[2], que opera en la experiencia existencial de las personas individuales; que en este caso de West puede —o parece— haberse operado a través de la analogía poética por su eficacia reflexiva. Esto es lo que se puede comprender de su propia cita de un verso de Baudelaire, con el que ilustra la urgencia ética que lo substrae específicamente a él de ese alud de la filosofía occidental[3]; pero no de la filosofía en sí sino de esa práctica institucional, que la fataliza en el maniqueísmo racional, por su propia determinación histórica en la economía.

También en definitiva, ese sería el fenómeno que se ha operado con la expansión de Occidente por las Américas; con la traslación del valor existencial de la reflexión, desde las prácticas filosóficas a las literarias y artísticas en general[4]. Ese habría sido el único modo de rehuir el fatalismo dialéctico, desde la apoteosis de la modernidad a la altura de los siglos XVII-XVIII; en lo que no es casual que sea Baudelaire el engarce entre los románticos franceses y los simbolistas, en un movimiento paralelo al del modernismo literario americano.

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De lo que se trata ahí es del arte y la literatura como el único modo de resolver una reflexión existencial suficiente; es decir, que comprenda las determinaciones trascendentes de la realidad, negadas en la presión racional positiva del pensamiento moderno. Como fenómenos paralelos entonces, desarrollados de modo asincrónico, la figura de West sería la que habría quedado más expuesta; pudiendo relacionar en su propia reflexión existencial todos estos desarrollos, como una singularidad tan extrema que da lugar a uno nuevo en la originalidad de su propio pensamiento.



Notas:

[1] . CF: II (La debilidad).
[2] . El principio de excepcionalidad, alude a la singularidad extrema como condición necesaria para el desarrollo de un fenómeno original; en el sentido de que al romperse la regularidad en que se estructura un fenómeno, eso significa la introducción de un nuevo elemento, que así impone un nuevo desarrollo. En cierto modo, parte de la teoría del Caos, en tanto alude al horror vacui de la realidad, en su dependencia de un orden continuo; como una compulsión en la que va a suplir cualquier deficiencia o adición que supere el margen de tolerancia de un orden dado con la creación de un orden nuevo, que incorpore esa deficiencia o adición. Cf: Peripatos (Kindle / 2017), nota 16.
[3] . “The metaphysical horror of modern though”. Con ese verso de Baudelaire, West se refiere a esta necesidad de apartarse de esa tradición del pensamiento occidental.// Cf: Deliverance,Cornel West, Kindle edition /2002
[4] . Cf: Peripatos, el periplo de la cultura occidental (Kindle / 2017).



Wednesday, June 24, 2020

A Alfredo Triff, sobre el racismo en Don Fernando Ortiz


La crítica de Alfredo Triff de la antropología de Ortiz y su peso en el racismo cubano requeriría ciertas matizaciones; comenzando por la base ontológica del problema, que sería reductiva desde su postulación. El postulado es reductivo al plantearse al esclavo en función de su predicamento y no de su misma humanidad; y como consecuencia de ello, va a ser distorsionada en la comprensión que propone del mismo como sujeto existencial y político.

Cualquier comprensión sobre el Ente es del Ser en sí primero, como inmanente en su existencia misma; y sólo a partir de ahí se le observa en sus determinaciones, tanto previas como posteriores. El análisis ontológico es de la estructuralidad misma del Ser, y sólo después incorpora su condición como predicado. A partir de ahí, la comprensión de Ortiz sobre el negro es objetual, partiendo de este predicado en función de sujeto; pero por lo mismo esa comprensión no es suya, propia del Ente sobre sí, que es lo que le permite evaluar su situación como injusta.

A su vez, esa comprensión de Ortiz trata de la capacidad del negro (ese negro) para integrarse efectivamente esa estructura ya dada; es decir, una cultura que se observa a sí misma como ya completa antes de esta incorporación del negro, que por tanto siempre le va a ser extraña. Quizás lo que dificulte esta matización del racismo funcional de Ortiz, sea la división de la realidad como dos realidades superpuestas; en el sentido de que plantea dos Cubas, una blanca y otra negra, que se superponen en esta subordinación de una por la otra.

Aquí se parte de un vicio racional, que ya distorsiona todo el planteamiento con la incomprensión de su sujeto; pues la realidad a la que se refiere no es a la realidad en sí sino en cuanto humana, que es la cultura como naturaleza artificial en que se realiza lo humano; y que ocurre en la forma concreta de una estructura social. En ese sentido no hay nunca dos realidades, sino una misma extensión de lo real, estructurado en las relaciones funcionales de sus subestructuras; estas son los diversos estamentos, que sin embargo nunca van a tener consistencia suficiente para existir por su mismos.

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La cultura cubana es criolla, mestiza y sincrética,  careciendo además del fenómeno segregacionista norteamericano; que es una referencia omnipresente pero no una realidad, e incluso rechazado en esa función referencial; casos concretos y de valor histórico lo demuestran, como la efímeras fundación de un capítulo del Ku Klux Klan en la soberbia Villa Clara. Es por eso que la sociedad cubana tiende a la integración natural, difícil y progresiva pero incluso fatal en su inmediatez; más difícil cuando las partes a completarse son retenidas en el resentimiento político, como una exigencia de legitimación política.

Está claro que la mera existencia del resentimiento ya lo legitima, pues existe en la percepción de una injusticia; que en este caso es además real, como un hecho de suyo irreparable, porque para siempre existe en el pasado que nos determina. Sin embargo, la determinación de ese pasado no es fatal, porque para influir en la realidad debe ser reflexionado; donde se le puede reducir al valor referencial, con que pierde ese sentido de fatalidad terrible.


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Para eso no obstante hace falta madurez política y suficiencia existencial, que nos permite encontrar sentido en el presente mismo; de modo que no vivamos con esa fatalidad que nos condena al complejo por una actuación de servidumbre y debilidad. Ni siquiera en el presente esas condiciones deberían acomplejarnos, a menos que nos estemos dejando manipular por intereses políticos; que alimentándonos el resentimiento en su legitimidad y la envidia nos siguen usando como carne de cañón.

Todo eso será legítimo pero inútil, pues sólo alimenta esa fatalidad del maniqueísmo como dialéctica de lo real; en vez del uso de esa misma experiencia en su valor existencial, para detener la contradicción en su carácter falaz y artificial. Aquí entonces, la discusión sobre el racismo de Ortiz es redundante, porque el mismo es inevitable; los mismos ejemplos, con citas que demuestran su lombrosianismo, recuerdan el de Villaverde en la Cecilia Valdés que hemos aceptado como patrón cultural; pero además porque son recurrentes en su valor epistemológico, para una cultura que se expresa en el simbolismo modernista, con todo y sus pretensiones cientificistas naturales.

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Lo que se echa de menos ahí es el cuerpo antropológico creado por los mismos negros en su propio desarrollo; como la emergencia que modificaría el peso natural de ese racismo de Ortiz, antes que la inutilidad de su crítica. Esa ausencia no es achacable a Ortiz, por más racista que fuera, y es entonces la responsable de ese peso suyo; y eso sí es una pena, teniendo en cuenta precedentes como el del citado Urrutia, que pudo sostener un trabajo consistente posterior.

No hay dudas de que el acercamiento de Triff a Ortiz es oportuno, y no sólo como actualización de un problema todavía vigente; también como recordatorio de una necesidad concreta a satisfacer, y que no desaparecerá con reclamos políticos. Lo que se necesita es obviamente una antropología suficiente, como la que se puede hacer en estos días; y que nadie mejor que el ofendido para proveerla, en tanto de lo que se trata es de su propia necesidad.



Tuesday, June 23, 2020

El problema negro del Marxismo


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El problema con la concepción histórica del Marxismo es que se desarrolla como una profecía de auto cumplimiento, desde su naturaleza dogmática; debida a su vez a que proviene de la interpretación del pensamiento hegeliano, con que se establece el mismo[1]. En ese sentido, no se tiene en cuenta que la crítica hegeliana original tiene valor substractivo y no positivo, al plantearse como necesidad; que debería satisfacerse en la propuesta marxista, con un fenómeno positivo suficiente, que no ocurre fuera de su ideología.

Se trata de la crítica original de Hegel sobre la insuficiencia de la tradición filosófica, que la reducirá al estudio de su historia; como la determinación misma del marxismo a cumplir en la acción política, con el presupuesto de que el trabajo de la filosofía es cambiar la historia, no comprenderla. Si la afirmación de Hegel no se redujera a la crítica de la tradición, él mismo habría satisfecho esa necesidad con una tradición propia; en cambio se limita a la creación de una historia de la filosofía, que aún mantiene en esta su interés objetivo.

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La función de Hegel aquí es como la de Sócrates y San Agustín, como cúlmenes de la tradición que sellan; no porque tengan ese valor, sino que les es atribuido por la tradición que inauguran, en su propia legitimación. El dilema aquí no es tan simple como parece, dadas las consecuencias que tendrá en la evolución del pensamiento occidental; que por esta premisa va a perder todo interés en la sistematización ontológica, para resolverse como ideología, y con ello en una función política.

La fundación de la tradición marxista va a carecer de este interés expreso en lo ontológico, aunque lo resuelva tangencialmente; dado en la sistematización anterior del capitalismo en El Capital, que así funciona como un referente epistemológico de corte realista. No obstante, la evolución posterior de Marx muestra que esto no es su interés, sino el de lo histórico; como razón por la que cualquier comprensión sobre la dialéctica como estructura propia de la realidad, ha de remitirse directamente a la hegeliana.

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Aquí surge el problema, pues con esta contracción al valor sustractivo de lo histórico, el pensamiento entra en un bucle estructural; que es el de la mera contradicción dialéctica, proveniente del maniqueísmo subyacente en la fundación cristiana de la cultura Occidental. La dialéctica sí provee una experiencia de excepcionalidad transhistórica, desde la que superar ese fatalismo histórico; pero sólo en tanto la experiencia existencial acceda a esa transhistoricidad, negada en la contracción a lo ideológico.

Es así que en la acción histórica, el Marxismo sólo crea la acción en cadena propia de esa fatalidad, en la lucha de clases; hasta el punto de que consciente de esta deficiencia, silo puede proponer el socialismo como una conclusión milenarista y dictatorial. Por supuesto, es esta naturaleza dictatorial la que mantendrá en movimiento esa naturaleza fatal de la dialéctica histórica; con la segregación inevitable de una burguesía corporativa, en la especialización administrativa del partido, que requiere así de una revolución constante.

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En tanto fatalidad, pareciera entonces que la solución fuera el anarquismo, como contradicción permanente del orden establecido; lo que no tiene en cuenta que incluso una revolución constante sería el establecimiento de un orden, con su consiguiente segregación se clases. El problema es que la deficiencia proviene del origen, y reside en esa naturaleza fatal de la dialéctica histórica; cuyo vicio sólo se puede romper en la transhistoricidad de una nueva experiencia existencial, que en su novedad desconozca los vicios del poder histórico.

Ese es el sentido de una abstracción del problema racial, de esa contradicción dialéctica de lo histórico en Occidente; como una nueva potencialidad sobre la que realizar al Ente, dada en su propia depauperación política. Posibilidad que como última tentación, se dificulta en el desarrollo de la tradición liberal; que fundada en la Ilustración moderna, no sólo satisface las necesidades ideológicas del marxismo, sino que incluso lo lleva a esa realización de su propia fatalidad.

Sin embargo, esto mismo explica esa otra dificultad, que impide la solución del problema racial como una fatalidad ficticia; ya que acaparado por ese canibalismo ideológico del sentido histórico del marxismo, se hace dependiente de la voluntad política del mismo. No es que esa voluntad no exista, sino que estaría naturalmente subordinada a su propio interés en esa naturaleza histórica; que siendo un estado de contradicción permanente, no prevé una solución real fuera de esa ficción teológica del comunismo milenarista.



[1] . Vale aclarar que esta naturaleza dogmática sería propia de esa interpretación, no del pensamiento hegeliano mismo; ya que parte de un índice de valor programático y hasta catecumenal, que decide entre lo positivo y negativo de las diversas tradiciones en que se funda. 



Friday, June 19, 2020

Para una crítica de la razón histórica


Un título como Arqueología intelectual en los contextos y los contenidos de un marxismo negro, es interesante; supone la búsqueda de un pensamiento, que partiendo de los negros marxista aporte luces sobre sus aportes concretos. Pero desde los primeros párrafos, el texto recuerda que el Marxismo no admite pensamiento filosófico sino histórico; se trata entonces de un recuento más o menos pormenorizado de la participación negra en el activismo político cubano, a través de la prensa, discursos y actas de organizaciones.

No deja de ser interesante, pues sin dudas muestra el amplio panorama político del que participaban los negros cubanos; que es el mismo espectro del que participaban los blancos, porque de lo que se trata es sólo de destacar esa participación. Es una pena, pues con eso también muestra la disolución del objeto que pretende destacar; que subordinando sus propios problemas a los de la realidad política, quedan así pospuestos para siempre.

Como mérito indiscutible, aunque difícilmente de valor racial, está el distanciamiento del estalinismo; que en favor de una contracción al leninismo original, no llega nunca a la función ontológica de la economía, y persiste en los valores ideológicos. Después de todo, el Marxismo en sí mismo no hace sino reproducir los vicios institucionales del cristianismo en que se inspira; aunque reduciendo la riqueza filosófica en que este fundara a Occidente, en una mera pastoral de los negros, con todo y su vida de los santos.

Ese es un defecto del Marxismo, encerrado como doctrina, que lo único que exige es fe en su difuso milenarismo; ocupado sólo en novenarios y actividades parroquiales que aviven la fe, contra esa perversión de los ídolos imperiales. También debe recordarse que se trata de una escolástica, como aquella naturaleza científica que anquilosó a un pensamiento original; pero cuya culpa recae en su misma dupla apostólica de Marx y Engels, por haber dado espacio a esa piedad del diecinueve.

Tuesday, June 16, 2020

What the wind didn't take


Gone with the wind has become the center of political controversies, exposing the thousand problems that cause them; although none of them are the racism of which the film is accused, and that it is not even a fundamental part of their dramaturgy. The cartoonish of black characters is only a fallacy, based on the little prominence granted to them; which is nevertheless natural, because the drama it relates is not universal, but referred exactly to the landowner class that loses the war.

Still, pioneering realism, the character of the slave Mammy leads all the secondary characters, even over that of Melanie; and if it is simplified it is by its functionality, because one of the best features of the script is its sobriety. The greater simplification of the other slaves is due to their even less prominence; thanks to which they provide the movie the anticlimax so necessary to any drama, together with a plethora of no less simplified whites.

The only case of a non-star who’s dramatic complexity is respected, is Belle, the prostitute; and just in function of the moral contrast with the protagonist, with its own sense of morals and humanity. In a couple of scenes, the protagonist shows violence with her slaves, but no more than with the rest of the characters; including the  Havilland’s Melanie, to who if she doesn't beat is because she has no power to do so and can cost her the love of her life.

Of course, when slaves are caricatured, they are referred to the grotesque figure of Jimmy Crow; because as a vernacular figure, Jim Crow was a reality in a slave culture, not a perverse fiction. This points to the real problem behind the complaints about racism on the film, which would be understood if they were out of time; as is not the case here, where it is even referred to a certain ethic for dealing with slaves, albeit in the proper form of their time.

The problem would be the political resentment, exacerbated by the social injustices that make so difficult to overcome racism; but which is even more exacerbated, even to paroxysm, by its manipulation. The ideological controversy here only perpetuates the contradiction, with its continues moral allegations; with which it ignores the historical determinations of the phenomenon criticized, as does  the   Christian moral standards; the moral model by the way on  which this ideological controversy is founded, but like the rationalism that permeates modern culture, synthesized in this of American.

In any case admirable, the film is the most stark and candid look to the country by itself; as an English romantic heroine, with its panoramic extracted from Wuthering Heights. The same settings degrade the elegant bucolism of pre-war, with the sumptuous Victorian of post-war; and the heroine is not the ideal woman, like the secondary Melanie, nor admirable in her sins, as the paradoxically honorable Belle.

The character of Scarlet O'Hara is cynical and petulant, concentrating all the flaws in a woman of her time; together with the only virtue of her will, not only to survive but to live well, no matter what she has to do to it. O'Hara has his unknowing consistency in that will, which is reflected in the attachment to the land,  which  is  not to the land itself; instead it is related to the place to where you can return when everything has been lost, because it is the spirit of the  south; surviving in its defeat by the arrogant incomprehension of the north, with which it should live forever.

It is then be another white problem, in which blacks remain as the productive basis for their ideology; to which they contribute their past, and to which they therefore remain tied, by this exacerbation that feeds its resentments. Ideological contradiction is the first determination of politics, as the excellent phenomenon to which Western culture has evolved; but as a phenomenon to which the black race has not been integrated, kept on the periphery of these power struggles.

In this sense, the criticism of Gone with the wind is nothing terrible, responding to the circumstances of American culture; which at the forefront of modern development, is the one that manages to codify the cultural elements, in its legalistic tradition. It is not uncommon, it is a culture in which even shampoo has instructions, and the most common practice is "liability"; something that other cultures fail to understand, suffering the unappealable authoritarianism of their own traditions.

Lo que el viento no se llevó


Lo que el viento se llevó ha devenido el centro de las controversias políticas, evidenciando los mil problemas que las provocan; aunque ninguno de ellos sea el racismo de que la acusan, y que ni siquiera es parte fundamental de su dramaturgia. La supuesta caricaturización de los personajes negros, por ejemplo, es sólo una falacia basada en el poco protagonismo que se les concede; que sin embargo es natural, porque el drama que se relata no es universal, sino referido exactamente a la clase terrateniente que pierde la guerra.

Aún, mostrando un realismo pionero, el personaje la esclava Mamy lidera los personajes secundarios; y si resulta simplificado es por su funcionalidad, con la sobriedad del guion, una de sus mejores características. La simplificación mayor de los otros esclavos se deberá a su todavía menor protagonismo; gracias a lo cual aportan la serie los anticlímax tan necesarios a todo drama, junto a una pléyade de blancos no menos simplificados.

El único caso de un no protagónico al que se le respeta la complejidad dramática es a la prostituta, Belle; justo realzando el contraste moral con la protagonista, con su propio sentido de moral y humanidad. En un par de escenas, la protagonista muestra violencia con sus esclavos, pero no más que con el resto de los personajes; incluyendo a la Melanie de la Havilland, a quien si no pega es porque no tiene poder para ello y puede costarle el amor de su vida.

Por supuesto que cuando son caricaturizados, los esclavos son referidos a la figura grotesca de Jimmy Crow; porque como figura vernacular, Jim Crow era una realidad en la cultura esclavista, no una ficción perversa. Esto apunta al verdadero problema tras las quejas de racismo, que sólo se entenderían si fueran extemporáneas; como no es el caso aquí, donde incluso se alude a cierta ética para el trato con los esclavos, aunque en la forma propia de su época.

El problema sería el del resentimiento, exacerbado por las injusticias sociales que dificultan la superación del racismo; pero que es más exacerbado aún, hasta el paroxismo, por su manipulación política. La controversia ideológica aquí sólo perpetua la contradicción, en las continuas alegaciones morales; con las que desconoce las determinaciones históricas del fenómeno que critica, igual que el modelo moral cristiano; en el que se funda, pero como todo el racionalismo que impregna a la cultura moderna, sintetizada en la cultura norteamericana.

En todo caso admirable, el filme es la mirada más descarnada y cándida que del país sobre sí mismo; como una heroína romántica inglesa, con sus panorámicas extraídas se Cumbres borrascosas. Los mismos escenarios, envilecen el elegante bucolismo de la preguerra con un estilo victoriano de suntuoso mal gusto en la postguerra; y la heroína no es la mujer ideal, como la secundaria Melanie, ni admirable en sus pecados, como la paradójicamente honorable Belle.

El personaje de Scarlet O'Hara es cínico y petulante, reúne todos los defectos posibles en una mujer de su tiempo; junto a la sola virtud de su voluntad de no sólo sobrevivir sino de vivir y bien, haya lo que tenga que hacer, trabajar la tierra o casarse sin amor. O'Hara tiene su consistencia sin saberlo en esa voluntad, que se refleja en el apego a la tierra, que no es por la tierra misma; sino que se trata del lugar a que se puede volver cuando se ha perdido todo, porque en definitiva es el espíritu del sur; sobreviviendo en su derrota por la incomprensión arrogante del norte, con el que ha de vivir ya para siempre.

Se trataría entonces de otro problema de blancos, en el que los negros siguen siendo la base productiva de su ideología; a la que aportan su pasado, y al que por tanto permanecen atados, por esa exacerbación que les exacerba los resentimientos. La contradicción ideológica es la determinación primera de la política, como el fenómeno excelente al que ha evolucionado la cultura occidental; pero como un fenómeno al que no se ha integrado a la raza negra, mantenida en la periferia de esas luchas de poder.

En ese sentido, las críticas al filme no son graves, respondiendo a las circunstancias propias de la cultura norteamericana; que a la cabeza del desarrollo moderno, es la que consigue codificar los elementos culturales, en su tradición legalista; lo que es un proceso cansado, largo y fatigoso, porque consiste en darle valor judicial a todos y cada uno de los actos hyumanos en tanto culturales. No es extraño, es una cultura por la que hasta el shampoo tiene instrucciones, y la práctica más común es el “liability”; algo que las otras culturas no consiguen comprender, mientras padecen el autoritarismo inapelable de sus propias tradiciones.